Es un antiguo refrán
que, sin duda, nuestros jóvenes alumnos/as no conocen. Entonces, es un buen
momento para rescatarlo del olvido. Porque guarda una profunda relación con la
fecha que se conmemora hoy en el mundo: Día de la Libertad de Expresión, y por
qué no, también, con el motivo por el cual ellos/as y nosotros/as compartimos
nuestras vidas en este Hogar Colectivo que es el Liceo.
En principio, ¡qué
palabra ésta: ¡LIBERTAD! ¡Suena tan penetrante! ¡Despierta tantas asociaciones!
A veces parece inalcanzable: Taaa (¿se dieron cuenta de que la “d” se escapa?). Y
sin embargo, todos/as nos creemos propietarios de ella... ¿Lo seremos? ¿Existe?
¿Es una realidad de la que podemos entonces sentirnos dueños/as?
“¡Qué tema, profe!”,
es el inevitable comentario que se escucharía en clase. Y... no estaría mal que
reflexionáramos acerca de él. Pero pienso que los colegas de Filosofía tendrían
que encabezar en la ocasión, ¿no?
En segundo lugar, LIBERTAD
DE EXPRESIÓN. O sea, ¿no es una sola la libertad? “¿Tiene hijitos?”, reclamaría
Susanita, la de Mafalda. (¡Cómo delatamos involuntariamente nuestras edades al
ejemplificar, eh!)
Bueno, el hecho es
que nos parece tan natural el derecho a expresarnos libremente que tal vez
olvidamos que la humanidad tuvo que luchar durante siglos para conquistarla,
aunque aún hoy sea sólo nominalmente en buena parte del mundo. En cualquier dictadura, de cualquier signo, lo primero que se prohíbe es la expresión libre. Como por ejemplo ahora mismo, en
Etiopía, donde una docente y periodista - Reeyot
Alemu- cumple una condena
de cinco injustísimos años por defender ese derecho a la expresión libre; por
eso la UNESCO le otorgó este año el Premio Mundial de Libertad de Prensa.
En tercer lugar,
vamos a recordar lo que dijo otra personalidad que nadie debería desconocer:
Mahatma Gandhi.
La frase de este
otro luchador por los derechos humanos es bien clara: el ejercicio de mi
libertad es una delicadísima operación, porque requiere que mi opinión no
lesione las convicciones de las demás personas, es decir que exige respeto por
el otro y tolerancia por las ideas diferentes que el otro pueda sostener. Exige,
en definitiva, un equilibrio, equilibrio que vamos consiguiendo a medida que
vivimos, siempre que estemos dispuestos a trabajar por lograrlo. Por eso, se
vuelve cada vez más importante eso que día a día, profesor y profesor, vamos
recomendando: “HAY QUE PENSAR ANTES DE ACTUAR, HAY QUE TENER EN CUENTA QUE LO QUE
EXPRESO TRAE CONSECUENCIAS. TODO, TANTO LO QUE HAGO COMO LO QUE NO HAGO, GENERA
EFECTOS”. Y de ahí el refrán con el que habíamos comenzado a conversar: “Palabra
y piedra suelta no tienen vuelta”.
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Hasta mañana... y a tener siempre mucho coraje para plantear nuestras opiniones, pero que nunca sean como piedras sueltas. |